El gran éxito del puro Dominicano

Por Victoria Curiel

puro fabricanteLa República Dominicana exporta actualmente más de 350 millones de puros anuales, es el principal productor mundial de puros de calidad y se ha ganado el apelativo de “país de los puros”. La cuidadosa gestión de los cultivos y la actitud innovadora de los productores han hecho que los puros de la República Dominicana reciban numerosos elogios de los amantes de los puros de todo el mundo.

La Historia de los Puros Dominicanos

Cuando comenzó el embargo estadounidense de productos cubanos en 1962, Cuba perdió de la noche a la mañana su principal mercado de puros; esto y las expectativas de nacionalización hicieron que numerosas empresas fabricantes de puros cubanos buscaran otras ubicaciones, y muchas se establecieron en la República Dominicana. Mediante marcas como León Jiménes, Davidoff, Arturo Fuente, The Griffin’s, Santa Damiana, y Ashton, la República Dominicana, en pocas décadas, se ha convertido en el otro gran país del cigarro, superando incluso a Cuba en exportaciones. Durante siglos, la isla Hispaniola, actualmente dividida en Haití y la República Dominicana, se mantenía a la sombra de Cuba en lo que concierne al cultivo y la elaboración de tabaco y cigarros.

Los comienzos del tabaco dominicano

Antes de la revolución de 1959, la República Dominicana  tenía una producción pobre en el negocio del comercio de tabaco. Producía un tabaco oscuro que era considerado demasiado suave y falto de aroma. En consecuencia, no existía demanda de cigarros dominicanos en el mercado internacional. Sin embargo, el país presenta unas excelentes condiciones para las plantaciones de tabaco. Está localizado del otro lado del Caribe, casi a mil kilómetros de Cuba, pero disfruta de mejor clima y mejor suelo que esa isla, es decir, tiene  las condiciones excepcionales que son necesarias para el cultivo del tabaco. También posee una herencia cultural similar, que se remonta a mucho antes de la llegada de Colón que, naturalmente, también, fue el primer europeo en alcanzar sus costas en 1492. Los indios  nativos de Arawak, como sus primos los Taínos, ya cultivaban y fumaban el tabaco durante siglos. España, su potencia colonial hasta 1821, no se interesó por sus hojas, concentrando todos sus esfuerzos en desarrollar el comercio de tabaco en Cuba. De hecho, el tabaco dominicano recibió muy poca atención hasta principios del siglo XX, cuando se importaron semillas cubanas por primera vez: las plantaciones se multiplicaron por toda la isla, pero el tabaco se destinaba esencialmente para la exportación a fábricas de Europa y de Estados Unidos, donde se usaba para elaborar cigarros a máquina de segunda clase.

Entonces llegó la revolución cubana. El resultado fue que gran parte generación de emigrantes cubanos se instaló en la República Dominicana, y entre ellos los especialistas en tabaco, que empezaron a cultivar distintas variedades más aptas para aquel entorno. Naturalmente, usaron semillas cubanas.

Cabe destacar, que en Cuba también había una tradición de fumadores de puro, entre las que citamos nada más y nada menos, que a Fidel Castro y varios de sus comandantes y ministros, a Ernesto –Che– Guevara, y a mediado del siglo pasado al famoso escritor Ernest Heminway, quien posó para todas las revistas de cotilleo y las de tabaco, con su puro husmeante sentado en la barra de La Bodeguita del Medio, en La Habana.

Después del embargo de 1962 y no antes, empezaron los tiempos de bonanza para el tabaco dominicano, pero no hasta el punto que se esperaba. Los Estados Unidos consumían el ochenta por ciento de la producción cubana pero, en lugar de dirigirse a la República Dominicana para mantener su nivel de importación, empezaron a comprar por los distintos países del cinturón tropical. Como respuesta, el gobierno dominicano creó el Instituto del Tabaco de la República Dominicana, un instituto dedicado exclusivamente a la investigación agrícola sobre el tabaco. También se reorganizo toda la infraestructura del comercio de tabaco en la isla, de modo que se contrataron a campesinos y artesanos para trabajar en las nuevas plantaciones y fabricas de tabaco. Sin embargo, las enormes inversiones se tambaleaban por la inestabilidad política y por una guerrilla activa que mantenía a distancia a los inversores. En 1969, el coloso del tabaco Consolidated Cigars hizo un tímido intento de probar suerte transfiriendo a la isla la producción de su marca Primo del Rey. Otro audaz pionero fue Manufatured de Tabacos, S. A. que, en 1972, transfirió la producción de Juan Sosa de Miami a la República Dominicana. Pero incluso entonces, la producción no llegó realmente a ser completa hasta 1978, cuando los sandinistas destituyeron a Somoza en Nicaragua. De repente, con sus vecinos de Honduras bajo un régimen comunista, la República Dominicana parecía el mejor lugar para el cinturón tropical del tabaco para cultivar la preciosa planta. A causa de las súbitas y nuevas condiciones para plantar el tabaco de Honduras y Nicaragua solo quedaba la posibilidad de instalarse en la República Dominicana.

Las primeras inversiones

En 1970, General Cigars estableció una fábrica en Santiago de los Caballeros, al noroeste del país. En poco tiempo la fábrica ya estaba produciendo algunas de las mejores marcas de la compañía: Partagas, Partagas, Ramon Allones, Canaria d’Oro. No queriéndose quedar atrás, Consolidated Cigars, que se expandió, instalando otra fabrica en La Romana, en la costa sur de la isla. Esta gigantesca plantación emplea a mil seiscientos cincuenta trabajadores. Desde 1982, todas sus marcas han sido transferidas a la República Dominicana: Montecruz, de igual fama que Montecristo, H. Upman, Don Diego. Luego, otras compañías se abrieron camino y desde Florida, llegaron los Fuentes, y en pocos años, se convertirían en los mayores productores de la isla, con más de veinticinco millones de unidades producidas anualmente en sus cuatro fábricas. En esta época el país ofrecía las mejores condiciones tanto para el cultivo del tabaco como para su comercio. El tabaco no era nada costoso, la mano de obra era muy barata y las autoridades muy amistosas, garantizando incluso a las compañías un status libre de impuestos.

Finalmente, en el 1990 se consolida aún más la industria, con la llegada del asombroso traslado de Davidoff, que se instaló en Santiago de los Caballeros para desarrollar una nueva y más ligera línea de cigarros. Y de este modo, un país desconocido internacionalmente en la industria del tabaco, pudo llegar a derrotar al campeón reinante e imbatible; con ello se ha consumado el final de una era. Sin embargo, este éxito tiene, en parte, sus orígenes en otro lugar. Del mismo modo que Castro prohibió el Habano poco después de la revolución, los americanos, conducidos por cirujanos y abogados, han avanzado un largo e importante camino para prohibir el cigarrillo. Su éxito fue tal que, en 1993, la venta de cigarrillos descendió en picado, mientras que las ventas de cigarros (puros) subían por los cielos. Apareció una abundante y floreciente clientela, y sus demandas doblaron las exportaciones en pocos años. Antes de 1993, las exportaciones se mantenían alrededor de cincuenta y cinco millones de unidades; actualmente, están por encima de los trescientos millones de unidades, haciendo de República Dominicana el mayor exportador del mundo, muy por encima de Honduras, Jamaica y México. Europa, tradicionalmente su segundo mayor cliente, apenas consume un tercio de la producción dominicana, por lo que, según parece, Cuba aún conserva un aliado en el Viejo Mundo.

Actualmente, el encanto dominicano se ha vuelto irresistible. Docenas de nuevas marcas, la mayoría americanas en su origen, se crean cada año en la isla, y no parece vislumbrase el fin de este crecimiento.

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