Alcázar de Diego Colón, sobriedad, recato y solemnidad

Alcázar de Diego Colón, sobriedad, recato y solemnidad

Por Miriam Veliz

Entras y las puertas de madera dejan ver el grueso de los muros que tienen desde 1511 en pie.¡Si las paredes pudieran hablar… y nosotros entenderlas! Pero no es así. Me encuentro en el Alcázar de Colón, frente a la Plaza España, sobre el farallón que mira al río Ozama, por supuesto, en la Zona Colonial, hace unos años declarada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. No es poco, ¿cierto?

El Alcázar fue construido por órdenes de Diego Colón, virrey y gobernador de estas tierras, quien vino a vivir aquí, acompañado de su esposa María de Toledo, sobrina del rey Fernando el Católico, y un séquito impresionante. La obra de dos niveles, edificada en piedra coralina, caliza y madera bajo la supervisión de arquitectos españoles, es rectangular, tiene cinco arcos en cada nivel y un aire de solemnidad y sobriedad nada pomposa en sus 22 salones. No ves aquí muchos lujos, más bien cierto recato y hasta misticismo a decir por las obras y la capilla privada de la virreina.

Antes de entrar, en la fachada, hay una inscripción que no se ha podido descifrar (se cree relacionada con los masones), además hay una placa informativa:“Palacio virreinal de Diego Colón. Sede del primer virreinato de América y residencia de la familia Colón-De Toledo, construido en 1511 por orden de Diego Colón. Ocupado por la familia y sus descendientes hasta 1577. Reconstruido en 1955 y decorado por el arquitecto español Javier Barroso Sánchez Guerra 1955-1957”. (En 1586 fue saqueado por el famoso pirata Francis Drake, luego sufrió a consecuencia de eventos naturales y más tarde la Corona dejó de interesarse por esta tierra: quedó abandonado. Barroso, con el propósito del museo, trajo de España lo necesario para habilitarlo con piezas de los siglos XVI, XVII y XVIII, pero tras la revolución de 1965, requirió otra remodelación).

Al cruzar la puerta principal, de estilo plateresco reducido, entramos al amplio zaguán (es del tamaño del salón de recepciones que verán en el segundo piso) y nos vamos enterando de detalles sobre lo que vamos encontrando gracias a un equipo de audio que entregan a la entrada y que puedes ajustar al idioma de tu preferencia. La información va acorde a los números que encuentras en tu recorrido: uno corresponde al zaguán, otro a las armaduras de caballero y caballo que encuentras a la derecha de la puerta… así te enteras, entre otras cosas, de que Colón trajo 18 caballos a la isla.

Tanto si eres curioso como si eres amante de la historia o del arte, vale la pena hacer el recorrido. Aquí hay piezas originales y valiosas réplicas, objetos de uso cotidiano, obras de arte (pinturas al óleo, grabados, tallas, tapices -estos últimos necesitan cuidado y restauración, están deteriorándose, pero son originales valiosísimos-, vajillas y utensilios de cocina -la cocina en esa época estaba aparte de la casa, pero se hizo una réplica aquí para beneficio del museo.

Usted haga el tour, visite el Alcázar. Yo aquí les cuento algunas de las cosas que más llamaron mi atención:

En cada habitación hay lo que los guías llamaron “canecillos” en caoba, especie de gárgolas, que en algunos casos tiene tallada una imagen mitológica. Servían para asustar a los malos espíritus (lo que habla de las creencias de la época) y para colgar las lámparas de aceite.

Hay dos escaleras (tres si contamos la pequeña que va a la capilla de María de Toledo). Subimos por una de piedra que era usada por la servidumbre, y bajamos por otra, que era la utilizada por la nobleza, o sea que, como dicen: “uno entra como sirviente y sale como rey”.

En el segundo piso está el salón de recepciones. Tengo entendido que el artesonado del techo fue traído de un palacio español como regalo del dictador español Francisco Franco a su homólogo dominicano Rafael L. Trujillo. Vaya regalo. En ese salón se realizaban los bailes para agasajar a personalidades como los conquistadores Francisco Pizarro, Hernán Cortés, Ponce de León y otros. El piso de este salón es copia del que hay en la Capilla del Condestable en la Catedral de Burgos. También hay un hermoso banco sitial estilo gótico de alto respaldar en madera tallada, copas para agua y vino de plata del siglo XVI, varias pinturas, dos de ellas de los Reyes Católicos, por separado, en oleo sobre tela, obra del español Rafael Pellicer. Observe los ojos de Fernando el Católico, parecen seguirle por toda la sala. Hay tallas de madera, un tríptico de la vida del apóstol san Pedro, un gran candelabro de trece velas… Arte aquí y allá, y aun así se percibe ese aire de sobriedad que mencioné al principio.

Dos salones más que quiero resaltar: el de música, con instrumentos de cuerda, como la zanfona, que se usaba en el siglo XVI, el retrato de santa Cecilia, protectora de los músicos, un sitial de cuatro asientos para el coro, estilo gótico, algunos cuadros y un libro de música con notación antigua y texto en latín. Y hablando de libros: la pequeña sala de lectura, o biblioteca, con sus libros originales de la época encuadernados en piel de oveja y sus tres grabados del famoso artista alemán Alberto Durero.

Lo ideal es que se den una vuelta por este museo, no solo por la historia y las antigüedades, también por el arte y, para las soñadoras, por sentarse en sus ventanas a mirar hacia fuera, como las princesas y reinas en los cuentos de hadas. Para terminar, pueden llevarse una foto de ustedes vestidos a la usanza de la época: en el segundo piso hay una tiendecita donde además de vender “souvenirs”, toman fotos. Usted solo pone su rostro detrás del disfraz ¡y listo! ¿Qué mejor recuerdo de esta histórica visita?

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